La última misa: masticando el frío marginal

por Cecilia Rayén Guerrero Dewey

La despedida al Indio fue en la Patagonia. Un día después de su muerte los ricoteros coparon Comodoro Rivadavia para vivir el recital de Los Fundamentalistas del Aire Aconcionado. Crónica íntima de un adiós.

Junio 2026

Tenemos que ir.

Es 2 de marzo de 2026. Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado anuncian la fecha de un recital en Comodoro Rivadavia con una ilustración de mar y estepa. Nos reconocemos en ese paisaje. En la Patagonia, en más de 900.000 km2 habitan todos los cielos posibles y nadie sabe muy bien cómo dibujar el viento, pero la luz del faro ahora se enciende en el centro, en el punto exacto de distancia entre Neuquén, la ciudad donde vivo, y Río Grande, capital de Tierra del Fuego.

Fantaseamos tantas veces con tener a los Redondos en alguna porción de arcilla entre el Atlántico y la Cordillera de los Andes. Tanta tierra, tanto pedazo de Argentina donde entramos todos. Después se separaron y el deseo se hizo unánime: que se vuelvan a juntar. Una ilusión latente de lo imposible a la que no queríamos renunciar. El Indio invitó a nuevos amigos a compartir su música. Armó Los Fundamentalistas. Volvieron las misas y luego enfermó. Tuvimos que aprender a la fuerza que el tiempo es un animal que no se detiene. El Indio ya no podía estar más allá de nuestros caprichos y los suyos. Pero el Míster se las ingeniaba. Nos educó en lo litúrgico, nos mostró que no se necesita materia, sino algo de fe.

Vamos, decimos aquel primer lunes de marzo, al escuchar la noticia.

Cada quien trama su micro ingeniería, ordena sus esfuerzos para llegar a la loma del culo -nuestra loma del culo- en tiempos de bolsillos pulverizados.

Pegamos un avión barato. Hay vuelo directo entre Neuquén y Comodoro Rivadavia, con menos frecuencia que a otros destinos, pero hay: es la ruta del petróleo. Menos mal que lo sacamos el mismo día, nos decimos queriendo justificar la inversión. A las horas los vuelos empiezan a valer quinientas lucas. Muchos se organizan para ir por tierra, como las vecinas de Yessi, la piba que labura en el buffet. Están tan manija que fueron a golpearle la puerta buscando al papá de su hijo, aunque no vive ahí hace 7 años. Ya eran bocha en el auto pero si estaba, si quería ir, se apretaban y le hacían lugar. Mi hermano dice que viajará en auto por la Ruta 40 con toda la familia. Saldrá de San Martín de los Andes y parará a hacer noche en Esquel.

Tenemos todo listo y faltan 3 meses. La vida se empieza a dividir en un antes y un después de Comodoro: los turnos médicos, las reuniones, los compromisos laborales. Le contamos del viaje a los amigos, a la familia, a cualquier desconocido. Necesitamos hablar de eso como si nombrarlo pudiera darle la dimensión que merece: vamos a ir a la primera misa patagónica. Y nos ofendemos si no lo perciben, si no les importa, incluso si viajan a Jesús María a ver Los Fundamentalistas –apenas unas semanas antes– y no a nuestra fecha.

—Sí, pero no toca el Indio —dice uno.

No lo discutimos. Te pasa o no te pasa.

Para nosotros el Indio estará igual.

***

Es 5 de junio. Mañana es el recital.

Hace una semana que Neuquén está gris. Abrís la ventana: llueve. Preparás unos mates, ordenás la casa a toda velocidad, te bañás y empezás a armar el bolso: apenas una mochila de 3 kilos. Son las 9.20 de la mañana y suena la notificación de mensajes del celular. Es Laura. Qué raro, pienso.

—¿Viste lo del Indio?

—No. ¿Qué pasó?

Por una milésima de segundo sentís que se hizo el milagro: va a Comodoro.

—Murió.

No hay poesía ni especulación. Murió.

Te apurás a buscarlo en los portales, aunque te tiemblan los dedos. Aún no está subido a ningún lado. Respirás. Prendés la tele y lees el zócalo: murió el Indio Solari. Lo comentan Pergolini y Bonadeo. Y entonces aparece un silbido agudo en tus oídos. Todo se ensordece.

Agarrás el teléfono y empezás a llamar. A tu compañero, a mamá, a tu ex marido, a los amigos. Entonces recién podés llorar. Hay gritos y silencios. Hay una vida compartida. Este recuerdo es de ustedes: las veces que le dijiste que era sólo un buen gesto, el plato frío que mordieron, el pogo lisérgico de la recibida.

En minutos, las redes estallan y hay miles de reflexiones sobre la muerte del Indio Solari en todos los portales de noticias, en los muros de los escritores, en los pensantes, en los grosos.

Shhhh, silencio.

Apagás todo y ponés música. Espejismos. Pasará, ya pasará, este espejismo pasará.

Te armás un cigarrillo y te tirás a fumarlo al sillón.

Mirás la hora. Podrías quedarte ahí llorando todo el día, podrías deshacerte en la infinidad de horas que llevan su nombre, podrías prender un fuego en una casa cualquiera y destapar un whisky, una birra, podrías salir a gritar a la calle su nombre como si estuvieses buscando a tu perro, pero tenés un avión que tomar a Comodoro Rivadavia, llegar a la primera misa de la Patagonia: el recital de la banda del hombre que acaba de morir.

***

Vamos igual. Nadie sabe si hay recital o no, pero decidimos estar, cumplir con la ceremonia de ir. El aeropuerto está en silencio. No sabemos cuántos cargan esta muerte nuestra, pero la tristeza parece haberse apoyado sobre todas las cosas.

En la mesa del bar del pre embarque hay una chica con una remera de Los Redondos. Me acerco. Quiero saber si saben algo del recital, en realidad quiero estar con ellos, mirarles el dolor de cerca, si es parecido al que traigo encima. Hablamos dos palabras y nos abrazamos. Lloro sobre el pecho de una mujer que no conozco, que jamás vi antes y ella me consuela acariciándome el pelo:

—¿Lo disfrutaste? ¿Fuiste feliz?

—Sí —le digo entre lágrimas.

—Entonces dejalo ir.

Vamos entre las nubes.

—¿Por acá estará el Indio? —le pregunto a mi compañero. Nos reímos un poco. Después dormimos.

Aterrizamos en Comodoro aún con sol. La estepa brilla entre el mar y los cerros. Crecí acá en las épocas en que Menem entregó YPF. Vivíamos en un barrio lejos de todo: Comodoro siempre estuvo un poco desmembrada, una ciudad separada por kilómetros de tierra, una ciudad capaz de olvidarse de ella misma. Mi papá laburaba perforando la tierra para sacar petróleo. Vivíamos con el miedo de que el laburo se terminara. A veces sucedía. Ahora YPF volvió a no estar. Esta ciudad se parece mucho a la que conocí: nada es tan grande como creía, pero está igual de herida. Pienso que el Indio quizá eligió esta fecha más allá de las cuestiones territoriales.

Veníamos a una fiesta.

***

Pasan las horas y aún no sabemos si el recital se hace. Hay una parte nuestra a la que le importa poco y otra necesita el ritual. El Indio está cada vez más lejos y la ilusión de que vuelvan Los Redondos quedó en una porción de vida que murió esta mañana.

Llegamos a la Plaza San Martín del centro de Comodoro Rivadavia. El monumento está lleno de pibes colgados agitando con sus manos. Acá están. Sobre las veredas, manteros de todos lados ya tendieron un merchandising desdentado. El aroma dulzón del vapor que desprenden las ollas de los panchos entibia la noche que acaba de caer. A espaldas nuestras está el mar y en frente, a lo lejos, se ve el cerro Chenque. No hay viento y el frío no congela las narices. Nos sentimos mejor cuando empieza a sonar el riff de la banda de unos pibes de Villa Mercedes, San Luis, que conectaron los equipos a la luz de un carrito de choripanes. Hay bebés, viejos, banderas, medias botellas de plástico cortadas a cuchillo llenas de fernet, señoras muy abrigadas, gente fumando: hay un aliento que conocemos.

Saltamos cuando empieza a sonar Fuegos de Octubre, por primera vez sentimos cómo se afloja el nudo que tenemos en la garganta.

Atrás nuestro está Facundo, un pibe de no más de 30 años. En la mano tiene una bandera enrollada y un piluso azul de Club Atlético Tucumán. La muerte del Indio le cayó frente al mar de Rada Tilly, un barrio del sur. Lo sintió en las piernas, en el último hueso. Los mensajes de la familia y los amigos no tardaron en llegar. Estaban juntos y él demasiado lejos de Tucumán.

—Murió Indio, Carlitos. Murió mi papá —repite.

Quería volver a casa, a cualquier lugar sin adioses.

—¿Qué hacés vos acá en el culo del mundo, hermano? —le dice un tipo que lo abraza por la espalda.

Es otro tucumano que vive en Río Gallegos, a quien ni siquiera conoce. Se abrazan como íntimos y charlan de Atlético, de rutas, del destino: por fin pone en pausa la soledad y siente que trajo su bandera al lugar que corresponde.

—Parece que el Indio nos quería a todos juntos acá en esta punta del mapa —dice alguien de la producción de Los Fundamentalistas—. No tocamos seguido, apenas una o dos veces por año. Y se va ahora… nos tocó darles la noticia a los chicos en el aeropuerto, cuando bajaron del avión.

Dice que el día fue imposible, pero lloraron y rieron, pudieron recordarlo y hasta especular con el destino y estas otras cosas del amor. También dice que el único momento en que se sintieron mejor fue cuando se encendió el escenario.

—Entonces decidimos hacerlo, por respeto a él, por respeto a la gente, a la fecha: a todos.

A las 10 de la noche, después de hacer la prueba de sonido en el Predio Ferial de Comodoro Rivadavia, Los Fundamentalistas anuncian que la fecha se hace y que va a ser transmitida en vivo para todo el país.

Entonces festejamos, festejamos como se festeja un gol para achicar la derrota.

***

El cielo se prende fuego. Una nube roja y espesa baja sobre los cerros y el predio. Hoy sí hace frío. La cola avanza lento hasta atravesar el vallado del control policial. Son cerca de las 19 de este sábado 6 de junio, abrieron las puertas un poco más tarde de lo previsto. Desde la tarde temprano las muchachas y muchachos del pueblo ricotero despliegan su folklore de polvo y cemento. Las remeras de Oktubre, la mítica de Olavarría, la que más les importe; las banderas atadas en el cuello cubriéndoles las espaldas; las bolsas de compra con hielo, coca y fernet; una lata de birra en la mano y la otra en el bolsillo; los parlantes al palo de los vendedores ambulantes, el pibe esnifado que no se limpió la nariz, los cigarrillos humeando cada 30 centímetros, el teque teque, el vamos los redó, la que sea. Igual hay que decirlo: cada vez se canta menos.

Marisa y Juan son de Puerto Madryn y comparten algo de mi mirada. Están preocupados, esperaban más gente. Esta no es la misa que imaginaron. Quiero que hablemos del Indio y de la tristeza, pero son más locales que nosotros y tienen preocupación de anfitriones.

—¿Sabés qué pasa? —dice Juan— Somos más hoscos acá. No de malos. No. Un poco es el viento y otro: allá tienen todo, acá no pasa nada. No sabemos muy bien cómo agitar.

Le digo que no se aflija. La fila cede. Pasamos el control y vamos a entrar, por última vez a este convite que nos hizo el Míster aún con la estela del perfume de la vida.

Adentro las luces están encendidas y el escenario permanece a oscuras. Adelante del todo están rancheando los que llegaron más temprano. Hay algunas banderas colgadas en los costados: una es de Florencio Varela y la otra de La Salada. El agite es por tandas. No sé si es la rigurosidad del reloj o es el duelo. No se vende alcohol adentro; sólo merchandising oficial y pochoclos. Creo que hay sanguchitos de miga. Por momentos me quiero hundir en una lata de birra que no tomo nunca; quiero fumarme hasta el último pucho que exista en el mundo; quiero volver a tomarme una bolsa y sentir el sabor a anestesia en el fin del paladar: quiero morir un poco. Pero soy esta que hace la eterna cola del baño tres veces y que está demasiado triste para sonreírles a las pibas que agitan y se cuidan la puerta y se dicen cosas bonitas y disfrutan del frenesí del recital que vamos a ver.

Mientras mi compañero está en el baño hablo con una pareja de Rada Tilly: Marcela y Oscar. Se criaron escuchando a los Redondos y después formaron una familia en esa disciplina. En los últimos 13 años peregrinaron más de 7 mil kilómetros detrás de lo que por fin hoy les llegó a casa. Están tristes y están contentos porque vinieron los hijos que estudian en Buenos Aires y por la misa que va a empezar en algunos minutos.

Después le pido un pucho a un metalero converso. Me dice que fue en estos últimos años, que supone que es por la situación tan de mierda, que necesitaba de las letras del Indio para sentirse mejor.

—¡Vamos Los Redó! ¡Vamos Los Redó!

Insisten los que están más cerca del escenario. A veces se enciende un “El que no salta votó a Milei” o “El que no salta es un Inglés” o “La Patria no se vende”.

A nadie se le ocurre cantar:

—Indio no se murió, Indio no se murió, Indio vive en el pueblo la yuta madre que lo parió.

Me enojo con esa incapacidad mía de arengar la masa cantante, me indigno con la gente que no piensa en esa posibilidad, me indigno con las colas del baño, me indigno con la puta suerte y con la muerte.

Dimos tantas vueltas que quedamos atrás. Ahora sí, el predio está lleno. Se bajan las luces. Nos vamos delante del mangrullo. Miro a una pareja que tengo al lado. Ella está jugando al Candy Crush y él me quita perspectiva. Sigo enojada y me siento muy sola aún en la multitud.

El escenario empieza a moverse. Son las 21.20. El canto ahora es unánime:

—Olé, olé, ole, Indio, Indio.

—Está presente, el Indio está presente, el Indio está presenteeeeé.

Mejor. Estamos en la Patagonia, entre lo naíf y lo hostil, entre la ingenuidad y lo rústico. Yo soy este pueblo que a veces llega tarde, que aún no consigue imaginar que esto que ahora va a comenzar es el fin.

***

Las luces se apagan y la música nos cae encima como un bloque de cemento. Ya no quedan dudas: en la oscuridad somos un nosotros. En el escenario están ellos también danzando sobre lo absurdo. Y aunque la lista arranca muy arriba, recién cuando vemos al Indio en pantalla cantando Nike es la cultura, con el Parkinson a cuestas, empezamos a despertar.

La noche avanza con dificultad. No son los desperfectos del sonido, no es el público sureño, no falta gente ni mística ni acústica ni una mejor pantalla. No está el Indio. Arriba y abajo, jugamos a la alegría, apenas el eco de lo que podría haber sido.

La fiesta del Rock para el Negro Atila y Ya nadie va a escuchar tu remera es ineludible. Mostrar los dientes al de al lado. Bailar y saltar el arrebato que se escapa desde adentro. Un último secuestro, no. La piba le dice dale con las manos a su compañero. Saltan. Más arriba, aún más arriba. Caen sobre las pisadas del resto. El pibe la abraza y le da un beso en la frente.

El recital es un pogo constante. Nos empujamos, nos reventamos. Si alguien cae, se lo ayuda a levantarse. Etiqueta negra, El tesoro de los inocentes, Encuentro con un ángel amateur. Ahora sí lloramos, con lágrimas redondas, con mocos, con las manos en la cabeza. Lloramos en los brazos de un amigo. Lloramos sostenidos por el amor. Lloramos solos, con los puños apretados. Lloramos mandibuleando. Sin culpa. Sin vergüenza. Es la vida del Indio la que se nos despega de nuestra vida. Pero entonces la música te saca del piso, sube como marea y empieza el oleaje bravo de Criminal Mambo. Y solo queremos perdernos en ese loop hipnótico que Los Redondos nos compusieron para la hora del lobo.

Una bandera roja con la cara del Indio avanza desde el fondo con los primeros acordes de Juguetes perdidos. Las masas apretadas frente al escenario se abren como si fuese un acto de escuela. Deben llegar lo más adelante posible -siempre se trata de llegar-. Son 5 tipos, no más, pero todos queremos sostener la bandera, estar apenas un instante ahí abajo mientras caen las palabras de nuestro himno. Ese paño barato nos pertenece. Tocarla es recordarnos que podemos quitarnos las pulgas, tocarla es saber que un Míster nos quiso mucho.

Las horas pasan sin que podamos darnos cuenta. No queremos que se termine. Nadie sabe qué pasa atrás del telón de la muerte con los que quedamos vivos. Los Fundamentalistas tampoco parecen querer cerrar. El recital es la noche de una birra más.

El Indio aparece en la imagen gigante con un avión sobrevolándolo. Flight 956, el tiempo dirá. Yo sé que vos vas a regresar. Respiramos.

Gritamos y lloramos que el Indio está presente, ahora con baba, afónicos, con lo último que nos queda. Nos reímos de lo infantil que suena. Volvemos a gritar.

—Esta canción nació acá con ustedes —dice Gaspar Benegas.

Lo celebramos, nos aplaudimos: la mística nos sigue perteneciendo.

Acá está el rock and roll del país, masticando el suelo del dolor para despedirte, amigo.

Se acaba.

Jijiji. Abandonamos y nos vamos a un costado. El pogo sigue más allá de nosotros, quizá acá nos bajemos del todo. Los pibes aún se están sacudiendo la transpiración cuando la gente ya sale por una puerta lateral. El frío entra de afuera y nos hiela los cuerpos mojados.

La imagen del Indio con los brazos abiertos queda estática en la pantalla entre los últimos acordes, los saludos finales de la banda -tan amorosos y frágiles- y así permanece hasta que empezamos a irnos. Es así, el que invita debe el gesto de quedarse.

Estiro los brazos como si pudiera tocarlo, tengo la necesidad de hacerlo aunque jamás lo haya hecho. Es mi forma, mi estúpida forma de decir gracias: lo mejor de rompernos fue conocerte.