Ladren, lo que ladren los demás
por Santiago Rey
Murió el Indio. Ya llegará el tiempo de la dilución del yo. Ahora los recuerdos se escriben en la piel.

(cómo)
Primer Obras, fines del ‘89. A la vuelta de Avenida Libertador, por una cortada oscura, saltando un paredón y trepando por sobre una especie de galpón salimos a la parte de atrás del colegio José Ingenieros, y de ahí corrimos pegados a una pared hasta el costado del gimnasio cubierto. Forzamos una puerta y con Juan entramos. Nosotros que desde hacía dos años cantábamos no vamos a ir a Obras un carajo, vamos a ir a Cemento que es de abajo, ahí estábamos, colados, sin un mango, borrachos, esperando que saliera el Indio. Era la primera fecha de tres, principios de diciembre. Y el Indio salió, con un mameluco de mecánico blanco, y por encima de los anteojos negros miró por primera vez el estadio símbolo del mainstream del rock, y saludó a los viejos carretas que no se atrevían a ir a verlos, y mandó saludos a un periodista me cago en tu puta boca Carlitos de Sur, y arrancó un tema.
37 años después, no sé cuál.
(cómo no hablar en primera persona si atravesó mi vida)
La memoria es un lujo ajeno. No me acuerdo el nombre de ni uno solo de los boliches, salvo Cemento y el Parakultural. Sé en cambio lo que puse en juego, lo que te obedecí mi genio amor. En algún tiempo guardé las entradas, las púas de Skay, las hojas con la lista de temas pegados a los pies del Indio. 1987, con el Narigón, Ale, Poli, Mauri, creo que el Nono, por avenida Corrientes, a una cuadra del Rojas (donde veíamos a Los Macocos y a Las Gambas); unos meses después en Constitución, del otro lado de la autopista; Lanús con mi ex cuñado y Tomi; Florencia Varela; Belgrano; un microestadio en La Plata donde la policía tiró gases, salimos todos, nos cagaron a palazos y volvimos a entrar y el Indio y Skay se sentaron con las piernas colgando del escenario y tocaron entre el humo y casi en soledad; y (uf) Parque Sarmiento…
(cómo no hablar en primera persona si me cruzó, si cuando empezaba a poder discernir, es un decir, el bien del mal cantó que todo preso es político y la tv era divina y fürer y que la vaca cubana estaba sola y que el futuro, ahí a un pasito del comienzo del promocionado fin de la historia, había llegado hace rato)
Me acuerdo sí, que a los 16 o 17, alguien tenía algo para decirnos, que le entendíamos, un poco, que desde la psicodelia alguien nos dejaba como hilos o anzuelos de los que amorosamente tirábamos o mordíamos, decodificábamos como podíamos, y aprovechábamos algunas literalidades para convertirlas en himnos.
Hacía unos meses que cada tanto con mi amigo Juan íbamos a La Plata a escuchar un grupo en el que tocaba Claudio, un hijo de la Negra Poli. Viejos, sucios y malos; o Viejos, sucios y feos; o Malos, putos y gordos, no me acuerdo. La cuestión es que lo meloneábamos a Claudio (nunca fuimos más de 30 en sus recitales) y a cambio cuando nos veía sin ticket ni plata en la cola de los recitales de Los Redondos nos hacía pasar. Así fuimos a Parque Sarmiento, en bolas, sin entradas, pero lo vimos, nos vio, y pasamos. Un recital de mierda, el estadio no se llenó y el escenario estaba altísimo; demasiado lugar, demasiada exposición, demasiadas miradas cuando lo que queríamos era desaparecer entre tantos. Yo soy nadie, el universo eléctrico. Salimos, subimos al 41, el chofer cerró las puertas y fue directo a una comisaría de Belgrano, toda la noche en el patio, frío de junio de 1990. Faltaban 10 meses para que la policía matara a Wálter Bulacio.
(no quiero escuchar las noticias, no puedo; no quiero leer los obituarios, no puedo; no quiero ver el llanto televisado, no puedo)
Me escribe mi hermana. Me dice que la llevé a su primer recital de Los Redondos. No me acuerdo, dónde. A Obras, yo tenía 14, vos 18, papá te pidió que me cuides y estuviste todo el tiempo conmigo, salvo un momento que me dejaste al lado de una columna y me dijiste, esperame un cachito que voy al pogo y vuelvo.
(hablar en tercera sería evitar la única experiencia desde la que puedo escribir)
Tres, yo digo tres ahora brindando al cielo, es un decir, con el mejor whisky que hoy pude comprar, yo digo tres colectivos de la policía estacionados en la puerta de Obras, abril del ’91, vos para arriba, vos dale pasá, vos, justo vos, arriba dale, y Wálter subió. Yo no.
(conozco cada uno de sus gestos, de sus pasos, sus inflexiones, recortes y giros, saltos, sus fuckyou muchos marines de los mandarines, sus muñecas cruzadas deténganme, todo preso es político; cuando bailo -bailen lo que bailen los demás- sin proponérmelo, se asoman alguno de esos gestos entre la torpeza)
Manuel y Lucas. mis hijos, casi se llaman Patricio. Uno y otro, a su tiempo, en 1994 y en 2000. No me animé.
(cómo no intentar escribir, cómo no dejar de hacerlo. ¿Y vos que te subís cabeza de termo, que termina el lado B y ponés Cheién?)
Un cassette Grundig medio marrón, regrabado con el recién estrenado Baión para el ojo idiota y algunos temas inéditos (moríamos por esos temas de estudio que a veces y solo a veces tocaban en vivo y no estaban en ninguno de los discos, Roxana Porchelana, Mi genio amor, El regreso de Mao), todo eso tenía el cassette que escuchábamos una y otra vez (¿te acordás Yito?).
(¿qué esperaban incrédulos, recién llegados, que este gobierno genuflexo -el perro Boby canta como un león, pero es el más salmón de la ciudad- abriera las puertas de la Casa Rosada, del Congreso, de los caniles, para velarlo?, ¿de qué se quejan?, ¿realmente querían eso?)
Cuando cierta ingenuidad adolescente empezaba a mirar con desconfianza la primavera democrática que se invernaba con velocidad, las radios todavía no pasaban los temas de los Redondos. Sólo el Loco de la Colina, Radio Excelsior, casi entrado el día siguiente, ego sum lux et veritas et vita, pasaba Ñam fri fruli y Jijiji. Clima y estética de apropiación por parte de los ’90 de los restos de lo que fuimos unos años antes. De todas sus ofertas, me cago de risa. Después hasta la Aspen. Inevitable sentir que perdimos una batalla.
(todo es orfandad)
Se murió el Indio. Ahora estoy lejos. Desde mediados de los ’90 estoy lejos de todo lo que alguna vez me importó, incluidos esos recitales que todavía no eran misas (yo, paso de esa referencia pulpitaria, Cua Cua amén).
Todo es orfandad. Si dan ganas de salir a cabecear un policía y hacer la revolución con una canción de amor. Pero apenas puedo escribir. Ya no somos inocentes, y sin embargo ninguno va a dar vuelta tus cartas. La muerte te encontró vivo. Una parte viva de nosotros se va con vos. Ya no hay tiempo de lamentos. Que tu infierno esté encantador.