“Una ciudad que me había mentido”

por Lorena Uribe

Testimonio de Yolanda Dips, periodista, referente de la Multisectorial de Derechos Humanos de Río Grande, Tierra del Fuego.

Marzo 2026

Estoy militando en Derechos Humanos desde que volví a vivir a Río Grande cuando terminé la Universidad. Me fui a estudiar a La Plata en el ‘85, con la idea de que en Tierra del Fuego no había pasado nada durante la dictadura. En mi casa eran muy conservadores, entonces no se hablaba mucho del tema. En todas las casas era así. Nuestros padres no nos decían “cuidado con las drogas”, “no vayas a volver embarazada”. Nos decían:

-No se metan en política, no se metan en política.

En la Facultad de Periodismo tuve un renacer ideológico. Fue la época de los juicios a las Juntas Militares. Me di cuenta de que me había comido el verso de que los militares nos habían venido a ayudar. Es que a la secundaria la hice en un Colegio Salesiano y acá, en Río Grande, históricamente, las actividades eran llevadas adelante por el Batallón de Infantería de Marina N° 5. La ciudad creció junto a esa unidad militar, desde reuniones sociales hasta la atención médica giraban en torno al Batallón.

Sabía que en la ciudad habían sucedido algunas cuestiones medio raras, pero era muy chica, no se hablaba, todo había quedado silenciado. Muy silenciado.

Volví en el ‘98 a Tierra del Fuego. En ese momento, quienes estaban militando en Derechos Humanos eran el periodista José Piñeiro; el dirigente gremial, Oscar Martínez, Adriana Blanco que era docente; Mary Schlieter, trabajadora metalúrgica, Cristiano Aguado, una médica de la ciudad. Empezamos a armar Trashumantes, un espacio donde se debatían ideas ideas políticas y partidarias y que funcionaba en los suburbios de un pueblo en crecimiento.

Surgió la idea de empezar a traer a la memoria en ese momento a Juan Carlos Mora y a Silvia González, ambos fueguinos. Se habían ido a estudiar a La Plata: las familias no sabían de ellos. Con el correr de los años, la sospecha creció. Estaban desaparecidos.

Acá no había nada, ningún homenaje, ningún recuerdo.

Tomé la militancia como algo personal porque sentía que había vivido en una ciudad que me había mentido. En el momento que sucedieron las cosas, no había mucha conciencia y había mucho miedo.

El ser periodista me permitió investigar. Lo que más me impactó fue cuando entrevisté por primera vez a Jovita, la mamá de Guillermo Barrientos -otro fueguino desaparecido-, porque estaba muy confundida de lo que había pasado con su hijo. Ella me decía que lo seguía esperando, que a veces escuchaba ruido y pensaba que era Guillermo que venía. Y habían pasado 30 años del Golpe. Ese día cuando charlé con Jovita, salí de su casa con un dolor en el alma. Llorando. Creí que la dictadura había terminado en el ‘83, pero ahí me di cuenta que no, que seguía, y seguía.

Seguía en esta madre, en ese hermano, obviamente en los nietos apropiados.

Nosotros decidimos que vamos a seguir manteniendo la memoria de Marcelita Andrade, a quien asesinaron de un disparo en la cabeza en un retén policial en el ‘82 y de la que no se supo nada hasta entrado el 2020. Tampoco olvidamos a Florencia Angélica Rojas, una docente de Caleta Olivia, que fue asesinada de un disparo frente al Casino de Oficiales del Batallón también en el ‘82.

Hoy estamos en un momento en el que no pensé que íbamos a estar, reivindicando todo de cero: sí hubo 30 mil desaparecidos, todavía hay hijos apropiados, tenemos derecho trabajar ocho horas, a tener vacaciones, a tener una indemnización, tenemos derecho a respirar aire puro, y a que no nos revienten los glaciares con la minería. Hemos vuelto a reivindicaciones de base.

Ni hablar del negacionismo, antes algunos creían que “con los milicos estábamos mejor”, ahora están habilitados a decirlo.

Tenemos que volver a instalar un discurso para defender la democracia. Tenemos que seguir manteniendo la memoria activa.

El otro día encontré un afiche que decía: “HOY MÁS QUE NUNCA, NUNCA MÁS”, y me pareció que sintetiza lo que estoy queriendo decir con el “hoy”, porque venimos diciendo desde el ‘83 NUNCA MÁS, pero parece que hubiéramos retrocedido.

Siempre comparo mi situación con la película Matrix. Cuando te tomas la pastilla roja es muy difícil volver atrás. A 50 años del Golpe de Estado sigo luchando, reclamando menos de lo que me gustaría, esperando que las nuevas generaciones empiecen a tomar las banderas. Me niego a perder la esperanza.