Comodoro: derrumbes y resistencias
Se cumplieron 125 años del nacimiento de Comodoro Rivadavia. No hubo festejos. Quienes habitan ese territorio, nunca antes sintieron tan frágil el suelo que pisan.
Fotografías: Martín Levicoy

El derrumbe del Cerro Hermitte, con un saldo de más de trescientas viviendas destruidas y cientos de familias en la calle, dejó expuesta la fragilidad de los cerros que habitamos, pero también la nuestra. Una verdad innegable quedó expuesta de cara a toda la sociedad: muchos años de improvisación urbana, de codicia sobre la tierra, de extractivismo y desamor por este suelo y por su gente.
Más de un siglo de explotación petrolera asociado a un crecimiento poblacional vertiginoso, al ritmo de los booms, las alzas y recaídas del crudo y los sucesivos vaivenes de la industria en esta región. Una ciudad donde la urgencia del techo para las familias fue librada a la voracidad inmobiliaria, la burocracia del Estado, los punteros, la corrupción institucional, nos arrojó al vivir como se pueda, ignorando los avisos de la Tierra, los alertas de la ciencia, la historia misma.
Tantos años de perforación y cemento fueron moldeando la solidez de este desorden, este desamparo con que por aquí se tramita la administración de la vida. En esta antigua tierra de los vientos, habitamos un territorio de sacrificio donde aún somos tratados con las viejas lógicas del Desierto.
Nacidos y llegados
Vivo en el Cerro Hermitte a pocos metros de mis vecinos afectados. En esta parte del cerro- afortunadamente- no hay deslizamientos. Todos los días me levanto y miro las paredes de casa, el techo, el suelo, el pedacito de patio y agradezco al Winkul Mapu que nos permita seguir aquí, respirando junto a las flores del quilimbay, las zampas, las lloycas, las calandrias que llegan en verano. El coliguay que ya está dando sus semillas.
Soy un ocupante fiscal, un okupa con cierta legalidad: tenemos una tarjeta municipal que acredita que efectivamente mi grupo familiar habita este suelo y no posee propiedad o renta alguna sobre ningún terreno en toda la provincia. Y aunque nací aquí, no comulgo con la distinción entre NyCs (Nacidos y Criados) y LLyQs (Llegados y Quedados) una distinción que en el fondo alberga xenofobia y bastantes dosis de racismo. Cuando regresé a mi ciudad natal, hace algunos años, no pude resolver de otra manera el tema de la vivienda. Ser un NyC no anuló mi condición de clase: soy un docente con sueldo de docente, en una ciudad que vive en un deseo alucinógeno por los sueldos de los trabajadores petroleros.
Dudé mucho antes de meterme en un terreno fiscal con pocas garantías legales. Vos metete, me dijeron colegas y familiares, Comodoro es así, el que pestañea pierde. Entonces recordé que mis abuelos williche, llegados desde Chiloé en el primer boom de los años 50´, también fueron ocupantes fiscales. Mi abuelo y sus compadres levantaron los primeros ranchos de La Paloma con chapas sobrantes de la industria. Durante cincuenta años mi abuela y sus vecinas poblaron de verduras, flores y árboles frutales esos faldeos, fertilizando con algas la tierra seca. Mi abuelo se deslomó haciendo casas para YPF y ambos fallecieron sin tener título de propiedad alguno sobre ese pedazo de tierra.
Éramos los hijos de los ocupantes de los faldeos del Cerro Chenque, en la zona sur-oeste de la ciudad. Hijos de trabajadores informales, empleadas domésticas, albañiles, changarines, peones rurales, jornaleros subcontratados en empresas subcontratistas de YPF y así. Una morenidad siempre sospechosa de desorden que cada día bajaba de los cerros a ganarse la vida como se pueda.
Recuerdo que de niño mirábamos con cierta admiración o envidia a los hijos de los obreros de YPF. La petrolera estatal les daba la vivienda, generalmente en el Km 3 o Zona Norte de la ciudad. Y no solo eso: tenían kits escolares, hospital exclusivo de YPF, Proveeduría de YPF, clubes con carnet para ypefianos, créditos a sola firma, hoteles de SUPE en Mar del Plata; en fin, un mundo que para nosotros era el primer mundo.
Luego aprendí que todo eso se trataba del Estado de Bienestar. El estado proveedor de trabajo y de derechos. Un tiempo en que el extractivismo petrolero se ocupaba del bienestar de sus trabajadores, y no solo YPF sino también algunas petroleras privadas que dejaron barrios hermosos como Astra o Diadema en el norte de la ciudad, con clubes, parques, bibliotecas, salas de teatro.
Creo que fue recién después de la Dictadura, con el menemato en los ’90 y el primer remate de YPF -a manos de REPSOL- cuando la industria petrolera pegó un giro hacia el capitalismo más salvaje y se desentendió por completo del bienestar de sus trabajadores y familias. En ese tiempo la mishiadura nos alcanzó a todos por igual –ex ypefianos o parias- y algunos solo migramos, buscando escapar de ese viento del infierno.
A un mes del derrumbe
La madrugada del 18 de enero de este año está grabada para siempre en la memoria de los vecinos de los barrios Sismográfica, Los Tilos, Médanos y El Marquesado, todos habitantes del faldeo sur del Cerro Hermitte en el prestigioso Km. 3 de Comodoro Rivadavia, cuna de la YPF de Mosconi y sede de su antigua Administración Central.

Alrededor de las 0:15 de ese domingo se produjo el primer desplazamiento fuerte del suelo. Fue como una explosión fuertísima seguida de otras, el corte inmediato de energía y la fractura del suelo y las paredes de las viviendas. En medio de la oscuridad se empezaron a oír los gritos de alerta de los vecinos: ¡Hay que evacuar ya! Las primeras corridas hacia ningún lugar, todo era salir de las casas, evitar el derrumbe sobre algún ser querido. Levantar a los chicos de la cama, ayudar a los más viejos, salir como sea, pero salir.
Afuera la oscuridad, los gritos, los vecinos de más abajo. El sonido del agua corriendo por las calles, los tanques y las cañerías rotas, el olor a gas brotando desde el pavimento abierto. Algunos salieron en auto, otros a pie, alumbrándose entre sombras con el celular. Muchos solo se quedaron ahí, afuera de sus viviendas sin tener o sin saber adónde ir. Luego de una eternidad, llegaron las luces, las sirenas de los Bomberos, Defensa Civil, la Policía.
El Club Social y Deportivo Ameghino es el club de mi barrio. Un poco más allá está Talleres Juniors, ambos nacidos del ambiente solidario en las primeras épocas de YPF. Los directivos de los clubes abrieron inmediatamente las puertas para alojar a las familias afectadas. La noche de golpe se puso fría y de a poco comenzaron algunas fogatas en los ingresos al barrio. Hasta aquí no hay relatos, solo angustia, alerta máxima, el cuidado de los propios. Con las primeras luces empezó el martirio de regresar a las viviendas frente a las restricciones policiales. Buscar a las mascotas abandonadas en el apuro, algunos papeles, documentos, ropa, abrigo, comida.
El temor a los robos llevó a que muchos vecinos fueran evacuados solo por la fuerza. A primera mañana ya el desastre se fue haciendo cada vez más real ante los ojos. Casas derrumbadas, casas sobre casas, restos de casas desplazados metros y metros más abajo, paredes partidas, techos recostados en las veredas, calles hundidas como zanjones, pedazos de cañerías asomando en cualquier parte, un oleaje de tierra cubriendo la mirada. Una vivienda cayó por el suelo abierto varios metros hacia abajo hasta incrustarse sobre las cañerías de un antiguo pozo de petróleo.
Cada vecino, cada familia de por aquí lleva marcada en el rostro la misma pregunta fundamental: ¿Adónde iremos? Si ya no hay casa, ya no hay techo.
– Nos deslomamos trabajando toda la vida y ahora estamos acá sin nada, con frío, con miedo- dice una vecina.
– Y sin la más mínima intimidad ni para cagar- agrega otro, mientras las cámaras de la televisión porteña comienzan a llegar hasta dentro de los clubes, donde decenas de familias y chicos se acomodan como pueden en una canchita de basquetbol.
A un mes del desastre aún hay familias viviendo en el Club Ameghino, otras se alojan con familiares, amigos, donde pueden. Muy pocos podrán alquilar en una ciudad donde un departamento de dos dormitorios puede costar un millón de pesos por mes, según la ubicación. El Club Talleres Juniors debió evacuar a sus evacuados por los movimientos del suelo que amenazan la infraestructura edilicia del propio club.

La crisis la viven más de trescientas familias y cada una de ellas con sus distintas realidades. El Barrio Médanos es un barrio privado, construido sobre un antiguo loteo de SUPE (Sindicato de Petroleros del Estado), sus habitantes fueron evacuados por el riesgo de nuevos derrumbes del Hermitte que pende sobre sus viviendas. Están demandando al municipio estudios de suelo, monitoreos constantes y un plan de obras y mitigación de daños para ver si pueden regresar. Los vecinos de la parte alta del Barrio Sismográfica son ocupantes fiscales de ese suelo, son los okupas, los inmigrantes pobres que no solo no tienen adónde ir, no tienen los recursos mínimos de subsistencia. El Merendero Comunitario “Divino Niño Jesús” que recibía a más de 70 niños con sus familias fue clausurado por los nuevos deslizamientos del cerro.
Mientras tanto, el Concejo Deliberante de la ciudad declaró la Emergencia Geológica y Urbanística en toda el área, pero los beneficios y ayudas aún son insuficientes o directamente no llegan a los damnificados. El intendente, Othar Macharashvili, firmó convenios de estudio y monitoreo con geólogos de la Universidad Nacional de la Patagonia y otras entidades en pos de un Plan Maestro. También se han realizado gestiones, todavía poco fructíferas, a nivel provincial y nacional y el propio Macharashvili ha solicitado a la YPF mileista algún tipo de reparación histórica por el pasivo ambiental que deja la empresa tras su impávida retirada de la antigua Capital Nacional del Petróleo para concentrarse ahora en Vaca Muerta, la nueva meca del oro negro.
Algunos vecinos ya han presentado denuncias penales contra los funcionarios municipales por presunto “incumplimiento de sus deberes públicos”.
La dialéctica migración y extracción
El primer gran boom petrolero está vinculado al desarrollismo de Frondizi, entre los años 1958 y 1963. En palabras de la investigadora del Conicet, Letizia Vazquez:
El crecimiento demográfico superó ampliamente la capacidad habitacional de la ciudad y generó una deficiencia en materia de infraestructura y vivienda. Esto tuvo como consecuencia la ocupación de tierras fiscales que en su mayoría no contaban con mensuras pero que se ubicaban dentro del ejido municipal, muchas veces protagonizada por grupos migrantes o personas que no tenían una pertenencia laboral directa con el petróleo, como bien lo explica la investigadora Letizia Vazquez. En los medios de comunicación, estas prácticas no fueron calificadas como ilegales en un principio, sino que se resaltaba la deficiencia de vivienda, la crisis y la expansión de la precariedad habitacional, demandando al Estado que tomara cartas en el asunto. Estos barrios sufrieron durante muchos años la falta de acceso a servicios básicos y a infraestructura urbana, que además estuvo acompañada por representaciones estigmatizantes sobre los pobladores que residían en ellos.
El último boom petrolero coincidió con los primeros años del kirchnerismo y la recuperación de YPF en 2012. En poco más de diez años la ciudad prácticamente duplicó su población y la crisis habitacional se hizo exasperante. Las políticas municipales de acceso a la tierra mostraron una vez más su retraso e insuficiencia ante el oleaje humano que llegó a estas costas tras la nueva fiebre del oro negro. La ayuda a Comodoro Rivadavia del IPV (Instituto Provincial de la Vivienda) fue escasa en relación a otras ciudades más beneficiadas de la provincia. Los tiempos de bonanza, en que el Estado aún construía y entregaba planes de vivienda con títulos de propiedad y servicios, beneficiaron a unos pocos trabajadores formales y sindicalizados. El grueso de las familias laburantes tomó el camino de la ocupación legal o ilegal del suelo.

La desmesura del mercado inmobiliario local llegó a cotizar el metro cuadrado de construcción igualando a Puerto Madero. Los emprendimientos privados con su poder económico y de influencia dentro del poder político, se tomaron el territorio en una suerte de farwestismo del capital prácticamente desentendiéndose del Estado. El emprendimiento inmobiliario “La Herradura” cerró una playa completa, convirtiéndola en un condominio privado para deleite de una elite petrolera. La Playa “Bajada de Los Palitos” corre el riesgo de seguir por el mismo camino, alertan los activistas de la Asamblea Socio-Ambiental que ya se han manifestado masivamente en las calles de la ciudad, denunciando las obras de cierre y alambrado del lugar, la remoción de médanos y la alteración del relieve y la fauna costera.
La flor a través del viento
El desplazamiento del Cerro Hermitte y la destrucción de las viviendas y de las vidas de trescientas familias de vecinos no es una sorpresa para nadie aquí, es la consecuencia de una larga biopolítica extractivista y su lógica sorda de perforar las cosas.
Ya en el año 1935 el geólogo Enrique Fossa Mancini, Jefe de la División de Geología de YPF, había publicado un análisis sobre las fallas geológicas existentes en Comodoro Rivadavia y entre ellas las del Km. 3. Fossa Mancini advertía sobre las fallas activas en el faldeo sur del Cerro Hermitte. En 2002 un estudio del SEGEMAR (Servicio Geológico Minero Argentino) volvió a alertar sobre la inestabilidad del cerro y los peligros de la expansión urbana en el Barrio Sismográfica y sus aledaños.
En esta suerte de farwestismo del capital y del petróleo en que se desenvuelven las cosas en este territorio, es doloroso -pero cierto- decir que en poco más de cien años hemos eliminado un lago de la faz de la tierra. El Colhué Huapi hoy es un arenal que se levanta como un alma en pena y hace llorar cada vez que sopla el viento del oeste. Su hermano mayor, el Lago Musters, hijo del Río Senguer, da de beber al Valle de Sarmiento, a toda la comarca petrolera, incluida la ciudad de Caleta Olivia en el norte de Santa Cruz. La cuenca del Senguer es cada día más frágil y su ecosistema, su Itro Fill Mongen (en palabras de Elicura Chihuailaf: la totalidad sin exclusión de todo lo viviente), está en riesgo vital.
La costa marina de C. Rivadavia y Rada Tilly sufre la intensa contaminación de los desechos urbanos y de la industria petrolera. A la muerte o expulsión de la fauna costera se suma el colapso y contaminación del Barrio Stella Maris y Playa 99, otrora la más grande playa de arena para el disfrute popular con parques y fogones. Todo ello, sin obra de tratamiento de efluentes cloacales a la vista, con el agravante de la privatización de las playas sanas que están más alejadas del radio urbano.
El emblemático Cerro Chenque que distingue a la ciudad, yace cementado como una pirámide escalonada en su cara sur, sin ningún plan de reforestación, enajenado de la ciudad, de su gente y de todas las vidas por las propias lógicas extractivas del cementar y negar lo vivo. En los últimos 30 años el Chenque se ha desmoronado dos veces en su borde marítimo cortando la Ruta Nacional 3, única vía de acceso a la ciudad para todo tipo de vehículos: combis de escolares, autos particulares, buses urbanos, de larga y media distancia o la flota pesada que opera en los pozos de petróleo. Todo ello sin atisbo cierto de una obra de circunvalación a la vista.

A esta crisis del entramado de la vida en el territorio, se suma una nueva crisis social. La segunda partida de YPF deja un pasivo ambiental aún incalculable y una herida laboral que ya suma la pérdida de más de seis mil puestos de trabajo en relación directa, más todo lo que ello repercute en los sectores intermedios de la economía.
La desocupación invade los hogares, la violencia nos atraviesa y nos reúne en un dolor sin distinción frente al femicidio de Valeria Schawb o la desaparición de Pedro y Juana desde octubre de 2025. Como decía al inicio, nunca como hoy sentimos tan frágil el suelo que pisamos.
En las respuestas solidarias, en las escenas del club social nacido de las entrañas de los barrios, en la organización urgente de los vecinos, en los que ayudan a cargar colchones o aplauden cada vez que se rescata una mascota de entre los escombros, en las marchas por Valeria o por el Agua, intento hilvanar el lenguaje de nuestra fuerza colectiva, esa que aún nos sostiene y desmiente la vieja retórica del Desierto.
Como dice el Indio Javi Ortega: “Aún siento el olor de la flor a través del viento”.