“Cuando ellos volvieron, nosotros nos fuimos”
por Emiliana Cortona
Testimonio de Ivalú Obeid. Nació en Neuquén el mismo año del Golpe de Estado. Aún no había cumplido los 3 cuando salió del país junto con sus padres rumbo a Suecia. Regresó con la vuelta de la democracia.

Ir a las marchas del 24 de marzo en Neuquén me produce una sensación difícil de explicar. Me alegra y emociona ver a toda esa gente, sentir que somos muchos los que recordamos y tenemos memoria. Pero al mismo tiempo, me produce una profunda tristeza, y a medida que pasan los años y me voy volviendo más grande, lo siento cada vez más.
Mi edad, de hecho, va en concordancia con el aniversario del Golpe de Estado; podría decirse que casi nací junto con el Golpe.
Mis primeros recuerdos son en Suecia. Allá, en un campamento de refugiados en Moheda, cumplí los tres.
En cierto modo, fui una nena bastante adulta. O sea, era muy chiquita y jugaba como cualquier niña, pero estaba bastante al tanto de lo que pasaba. Yo sabía, por ejemplo, que nos habíamos tenido que ir de Argentina porque los militares nos habían echado.
Esto no me lo acuerdo, pero me lo contaron así: cuando empezó la dictadura mis viejos ya habían dejado de militar. Habían estado en una agrupación de barrio Sapere, en Neuquén, que hacían trabajos comunitarios. Militaban desde antes del´72 pero en el ´75 la Triple A mató a una amiga de mi mamá en Villa Constitución y ahí decidieron dejar de participar.
A mi papá evidentemente lo estaban buscando. En octubre de 1976 cerca de la 1:30 de la madrugada golpearon la puerta de nuestra casa. “Ruben sos vos”, cuenta mi mamá que dijo. Yo era una bebé de seis meses. “Abra señora”, le contestaron. Eran un montón de milicos, entraron a la casa por todos lados, por adelante, por la terraza, como un allanamiento. Revisaron todo. Dieron vuelta la casa. Lo buscaban a mi viejo.
Mi papá estaba en la casa de unos amigos y no sabía que lo habían ido a buscar. Al otro día, cuando volvía en colectivo, lo pararon. Lo hicieron bajar y se lo llevaron. Justo viajaba una alumna de mi mamá que le contó a sus papás que al marido de la maestra Cristina se lo habían llevado. Así se enteró mi mamá que a mi papá lo habían agarrado.
Primero estuvo en el centro clandestino La Escuelita y después en la U9. Ahí recién lo blanquearon y mi vieja lo pudo ir a ver. Después lo trasladaron a Rawson y cada 45 días lo íbamos a visitar. Pero cada vez que llegábamos nos revisaban todas. Era muy feo. Me cuenta mi mamá y mi abuela que hasta revisaban mis pañales. Una vez tuve un episodio de espasmo de sollozo, o sea, lloré tanto que quedé sin aire. Ahí el médico le dijo a mi mamá que mejor no me llevara más.
Mi papá pudo pedir la “opción” para presos políticos. Ahí mi mamá empezó a buscar embajadas que nos recibieran como refugiados. Y encontró que Suecia nos aceptaba a los tres. Yo no me acuerdo, pero me cuentan que con mi papá nos encontramos recién en el avión y que a él lo subieron esposado.
Allá llegamos al campamento de refugiados. Había un montón de familias de otros lados de Latinoamérica. Te asignaban una casita y a nosotros nos tocó vivir con unos uruguayos, también exiliados. A mí me mandaban a la guardería y mis papás tomaban clases para aprender sueco. Estaba todo muy organizado. Nos daban comida y había un gran comedor. Mi mamá me cuenta que nos daban un litro de leche por día y que como era tanto se la pasaba haciendo dulce de leche.
Ahí habremos estado cinco meses. Después nos ubicaron en una ciudad donde mis papás empezaron a trabajar. Allá nos mandaron con otra familia de argentinos, también exiliados. Era un matrimonio con una hija de mi misma edad, que nos hicimos muy amigas. Hasta el día de hoy hablamos, nos visitamos, nos mandamos cartas y mensajes.
De Argentina sabía que estaban los militares malos, pero también mis abuelos y tías. Que los extrañaba mucho. Me acuerdo que cuando arrancó la Guerra de Malvinas yo le preguntaba a mi mamá si eso quedaba cerca de donde vivían los abuelos.
Mi mamá sacó muchas fotos y eso me ayuda también a reconstruir esos años. Me acuerdo que había mucha nieve. De hecho, tengo una foto en que mi mamá me lleva en trineo. Me acuerdo también de unas galletitas de jengibre. Y de las cartas que me mandaba con mis abuelos. Como los extraña. Primero eran dibujos, casetes y después postales.
Al principio mi viejo lavaba copas y mi mamá limpiaba en un hospital. Después fueron docentes. Yo iba a la guardería y un día, me cuenta mi mamá, que le empecé a hablar en sueco. Así de la nada. De eso no me acuerdo, pero sí de cuando mis abuelos y tía nos fueron a visitar. Fuimos a recibirlos a España. También me acuerdo de cuando mis papás se separaron y nos fuimos a vivir con mi mamá más al sur.
Todos mis recuerdos de allá son bastante lindos dentro de todo. Me acuerdo que mi mamá y papá participaban en un comité latinoamericano, que hacían actividades para ayudar a países que estaban en conflicto. Y también hacían actividades para los niños. Me acuerdo de los cumpleaños comunitarios que nos hacían, de que éramos muchos hijos de exiliados soplando las velitas.
Mi vieja siempre extrañó un montón. Siempre tuvo la idea de volver. Mi papá no. De hecho, sigue allá. La verdad, no sé cuándo ella empezó a planear la vuelta, pero calculo que cuando ya sabía que iba a volver la democracia.
Hice un año la escuela primaria y a mitad del´84 volvimos. No llegué a aprender a escribir en sueco -pero sí en español- y creo que por eso me olvidé tan rápido del idioma. En ese momento entendí también lo que pasaba: los militares malos ya no estaban y podíamos volver.
Antes de volver, me cuenta mi mamá que yo le decía: andate vos y yo te voy a visitar todos los años. Era rara la sensación, lo que me pasaba a mí era diferente al exilio de mis papás. Porque sentía la añoranza que tenía mi mamá, pero no era mía, era de ella. Y allá, siendo esa niña, yo no la pasaba mal.
El volver fue otro corte en mi vida. Que me recontra marcó, que reconozco que parte de lo que soy es lo que quedó de eso. Cuando volvimos fue hermoso encontrar esas mesas llenas de familia, mis abuelos, mis tías, mis primas. Un montón de familia que allá no tenía. Pero, también al venir, perdí mi familia de allá, que eran las amigas de mi mamá, que hoy son mis tías de la vida, sus hijos que eran mis amigos.
Como decimos con otros hijos de exiliados: cuando ellos volvieron, nosotros nos fuimos.
Y lo curioso de la vida: mi abuela materna falleció un 24 de marzo. Cuando marcho, también pienso mucho en ella. Y este 24, en particular, en el que se cumplen 50 años, me genera cierta expectativa, pero también más conciencia del paso del tiempo. Pienso en lo que pasó en todos estos años, en todo lo que se logró y lo que se perdió, en que las Madres ya no están, en que mucha gente querida y valiosa ya no está, y en que nosotros, nosotras, mi generación, empezamos a ser parte de las generaciones más grandes, aunque todavía haya una o dos generaciones anteriores.
Y en estos tiempos en los que algunas cosas que creíamos ya saldadas y consensuadas vuelven a ponerse en duda, y todo parece ser “el mundo del revés”, me da esperanza ver que haya jóvenes, y no tanto, personas nacidas en democracia, que se interesen, se involucren, que les duela lo que pasó. Creo que es una pequeña luz en medio de toda esta realidad que estamos viviendo. Porque todo esto es memoria, pero por sobre todo también es futuro.