“No están las Madres, tenemos la obligación de estar por ellas”
por Emiliana Cortona
Testimonio de Marina López Dorigoni, integrante del Grupo por la Memoria y Compromiso con las Madres y los 30.000 en Neuquén.
Ilustración a partir de una foto de Cecilia Maletti.

Yo no tengo familiares desaparecidos, pero los Derechos Humanos siempre me interesaron. De hecho, mi profesión va por ahí. Trata sobre las injusticias, ver gente que no tiene lo mínimo. Por eso, acompañar a las Madres, formar parte del grupo que las escuchó, que las acompañó, que las sostuvo fue un verdadero privilegio. Pero, para llegar ahí tuve que esperar, porque eran ellas las que te convocaban, eran las Madres las que tenían la última palabra.
Desde hace más de 40 años vivo en Neuquén. Como muchos, llegué buscando trabajo. Desembarqué primero en Chos Malal y después llegué a Neuquén capital. Nací en Cipolletti, viví en Fiske, estuve algunos años internada en María Auxiliadora en Pedro Luro y después en Choele Choel.
Terminé la secundaria en Luiz Beltrán en el´78 y empecé la universidad en el´79, en plena dictadura. Mala época para ir a Bahía Blanca. Horrible. Me fui a estudiar Trabajo Social con unos pocos mangos que juntaron mi tía y mi abuela. Vengo de una familia pobre. Siempre tuve que laburar. Hoy ya estoy jubilada con 41 años de una profesión que amé y que me enseñó que no da igual dónde uno nace, que me mostró las injusticias y también los Derechos Humanos. Que me acercó, en definitiva, a las Madres.
De Bahía Blanca me acuerdo del silencio.
Grande.
Mucho silencio.
De lo que pasaba ahí, lo fui reconstruyendo. Tengo un amigo al que lo chuparon, pero que al tiempo, por los contactos de su familia, lo liberaron. Con él compartí un trabajo en Conesa, viajábamos todos los fines de semana y me acuerdo que una vez empezó a contar cuando lo habían secuestrado. No me olvido más. Yo le decía: “esta gente está enferma”. Y su respuesta me marcó. Me dijo: “lo lamento, pero tenés que darte cuenta que la maldad existe. Hay gente muy desgraciada, muy jodida, que disfruta con el dolor ajeno”.
Ese testimonio para mí fue un cimbronazo. Porque en Bahía había silencio.
Mucho.
Pero también conocidos que decían que habían respirado aliviados con el Golpe.
Yo venía de vivir en Choele Choel y me acuerdo que cuando salíamos a bailar, en un momento de la noche todo se paraba. Apagaban la música, prendían las luces y entraba la policía. Choele Choel era un pueblo chico y siempre venían dos policías que los conocíamos todos, pero andaban de civil. Eran los de información. Me acuerdo que, con absoluta ingenuidad y desinformación, hacíamos chistes con eso. Decíamos que era la policía secreta, pero todos sabíamos quiénes eran.
Con la Madres siempre tuve una conexión. Actividad que hacían, actividad a la que iba. Los 24, las rondas de los jueves, las charlas en las escuelas. Siempre estaba cerca. Y yo tenía una amiga a la que ya habían convocado. Hasta que un día, a principios de los 2000, me tocó. Me llamaron.
Me invitaron a una reunión y a que forme parte del círculo íntimo que las acompañaba, del Grupo por la Memoria y Compromiso con las Madres y los 30.000.
Estar dentro de ese Grupo y cerca de las Madres no ha sido siempre un lecho de rosas, ni mucho menos. Siempre fue mucho trabajo, mucho esfuerzo. Pero también un verdadero privilegio y honor compartir la lucha por Memoria, Verdad y Justicia por los 30 mil y por las 49 personas que aún permanecen desaparecidas en la subzona 5.2, como la Dictadura llamó a nuestra región.
Estos últimos dos años fueron muy duros. Ya no está Oscar ni Inés Ragni, que desde el 23 de diciembre de 1976 buscaron a su hijo Oscar, secuestrado al salir de su casa en el barrio neuquino El Progreso. Murieron ella con 96 y él con 94, con solo unas pocas semanas de diferencia en 2024. Y tampoco está Lolin Rigoni, que el año pasado murió a los 100 y a quien la Dictadura le secuestró y asesinó a su hijo Roberto en Isidro Casanova, provincia de Buenos Aires en 1977.
Ya no tenemos Madres de Plaza de Mayo en Neuquén. Y como Grupo discutimos: ¿Qué hacemos? ¿Cómo seguimos sin Lolin, sin Inés, sin Oscar?
Fue muy duro.
Nos volvimos a juntar y nos preguntamos ¿A qué estamos dispuestos? ¿A cuánto?
Sin pensarlo, los siete que integramos el Grupo renovamos el compromiso. Dijimos: tenemos un objetivo y es difundir y sostener sus luchas.
Discutimos también si seguimos llamándonos en Facebook “Madres de Plaza de Mayo Neuquén y Alto Valle”. Porque muchos decían: ya no hay Madres entonces ¿por qué seguir con el nombre? Pero concluimos que llamarnos así facilita la búsqueda de hijos y nietos que tanto buscaron las madres y que seguiremos buscando nosotros.
También nos comprometimos a seguir haciendo todo lo que ellas hacían: actividades el 30 de abril para el aniversario de la creación de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, las rondas de los terceros jueves de cada mes, el festejo del 9 de junio por el aniversario de la inauguración de la Casa de las Madres, los 16 de septiembre con la tradición, de como hicieron ellas durante 20 años, de ir a una escuela en Villa Regina a hablar con los alumnos, los 10 de diciembre la marcha de la Resistencia. Y en el medio, diseñaremos remeras para juntar plata. Porque algo que nos enseñaron y que sostendremos es: autonomía económica e independencia política.
Y ahora, en estas semanas, estamos asistiendo a las audiencias de un nuevo juicio. Esta vez es a ocho exintegrantes del Ejército, la policía y Gendarmería por crímenes de lesa humanidad cometidos durante el terrorismo de Estado en Neuquén. Ellas siempre estuvieron en los ocho juicios anteriores y estarían en este también. Ellas decían: nos comprometimos a acompañar la valentía y el coraje de familiares y de gente que estuvo detenida, desaparecida, torturada, para conseguir alguito de Justicia. Como ellas, nosotros, desde el Grupo también estaremos presente.
Este 24 de marzo apostamos a que seamos muchas personas en la calle. No están las Madres, tenemos la obligación de estar por ellas, por su lucha, por lo que nos enseñaron.